Por Arturo von Vacano
Nadie puede negar que Bolivia es un país sin Ley en el que la impunidad para
todos los delitos es un fenómeno tan cotidiano que a nadie sorprende ya
ningún acto de barbarie:...
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la niñez boliviana es víctima de atroces
violaciones y crímenes, los masacradores y genocidas viven todavía en el
Legislativo y los ladrones de guante blanco y negro cometen sus tropelías
sin temer castigo ni represalia alguna. Un país sin Ley es vivienda de una
horda, no de una sociedad civilizada, porque sin Ley la civilización no es
posible.
Por ello es necesario recordar una vez más que los cambios que Bolivia
necesita con tan urgente angustia no pueden ser sólo obra de Evo, del MAS ni
de ningún otro grupo casi organizado como la policía y el ejército, sino de
la mitad de los bolivianos más uno. Cuando una mayoría de los ciudadanos
aprenda que la defensa de la Ley es obligación diaria de todos y cada uno,
cuando se haya acostumbrado a imponerla en el hogar y la calle mediante
palabras y actos decididos, los cambios que todos anhelamos serán posibles,
pero no antes.
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Por ello, la primera tarea de un régimen cuya autoridad es certificada por
dos de cada tres ciudadanos es la de crear e imponer una Ley que merezca ser
vista así, como Ley, y no como decreto, edicto ni apenas un trozo de papel,
sino como una regla de conducta por la que es a veces necesario arriesgar la
vida para preservarla.
Tras cincuenta años de dictaduras militares y sátrapas civiles, el pueblo
boliviano es víctima de una desconfianza, una anomia y un desaliento que son
harto evidentes y se traducen en un cinismo cívico y una abundancia de
delitos y crímenes que pone en riesgo cada vida humana en todo lugar y a
cada hora. Es fácil explicar esta actitud, la pérdida de respeto por los
demás y la tendencia de hacerse de comodidades por las buenas o por las
malas.
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No sólo el racismo tiene la culpa de la poca consideración que siente cada
boliviano por sus compatriotas; también la experiencia de que no es posible
vivir ni comer bien sin robar, mentir, sobornar o, si el caso se da,
asesinar sin vacilaciones es una actitud que nace en ese tóxico medio siglo
creado por dictadores y sátrapas.
No sólo robaron todo lo que pudieron sino
que mataron la esperanza entre nuestro pueblo. Antes de 2005, Bolivia era
noche cerrada sin esperanza alguna. La vida se redujo a una competencia
desleal e inhumana. La fuerza bruta de las armas y del dinero lo corrompió
todo. Décadas del mismo régimen encabezado por diferentes delincuentes
hicieron posible las legiones de delincuentes que destruyeron la idea de que
es posible vivir con honradez y prosperar con sano esfuerzo. Es decir,
impusieron como única la ley de la bestia.
Tales realidades, si los bolivianos lograran recordarlas ahora que se han
conquistado una nueva oportunidad, señalan claramente las virtudes que debe
tener la Ley que debe crearse ahora con extrema urgencia.
Debe ser una Ley que merezca el respeto del más cínico de los ciudadanos.
Una Ley que obligue a fanáticos de todo tipo a aceptar su vigencia y su
valor. Debe honrar a la Justicia. Debe ser una Ley veloz en el castigo pero
clara y simple en su expresión. Y debe ser dura y contundente. Esto es, debe
ser exactamente lo contrario de la feroz asquerosidad que hoy entendemos por “justicia” y sus sacerdotes, los jueces y los abogados que maman a su pueblo
en lugar de servirlo.
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Este observador no vacila en proponer el retorno de la pena de muerte como
parte de esa nueva Ley. Bolivia eliminó ese castigo para aparecer como
civilizada ante el mundo cuando en verdad no lo es. La muerte se aplica de
modo cotidiano, cada día del año, a los inocentes y los humildes.
Es una
muerte que no sólo se origina en toda violencia sino también en el robo y la
codicia sin freno. En el hambre sembrada por quienes no saben qué hacerse de
sus mal habidos millones. En el tráfico de medicinas falsificadas y vendidas
sin control alguno a precios de usura. En la muda tragedia de las niñas
violadas por energúmenos ignorantes. En el empresario que contrata dos
obreros obedeciendo las regulaciones y cien forzándolos a elegir entre el
hambre y la renuncia “voluntaria” a sus derechos laborales.
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El hambre mata,
sino hoy mismo, tras años de males y debilidades creadas por esta
enfermedad. Quien la causa y la crea para retirarse a vivir en Miami es un
criminal y, pues que da la muerte, merece la muerte. Sólo la ignorancia de
los inocentes les hace creer que la muerte causada por una metralleta es
punible mientras que la que sigue a la miseria y el despojo es digna de
perdón.
(Es de esperar que Evo no cometa el error de Mandela y su gente en África
del Sur, donde se intentó reemplazar a la Justicia con una serie de
tribunales de chiste en que los criminales confesaron sus delitos a cambio
de su impunidad: hoy Sudáfrica es una de las sociedad más violentas,
corruptas y sufridas del mundo: la violación de sus mujeres hace imposible
la presencia de vírgenes, no de 15 años, sino de 12. Su nuevo presidente es
un criminal simpático cuyos crímenes no son negados por nadie. Es que nada
puede reemplazar a la Justicia y la Ley entre los hombres.)
Uno de los grandes monumentos a la basura intelectual universal debe ser la
colección de “constituciones” y códigos que han dado de comer a nuestros
jueces y abogados durante 200 años.
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Esa basura es tal que creó e hizo
posible ese sector de la sociedad boliviana que hizo de Bolivia una
monstruosidad social de singular ferocidad. Para demostrarlo será necesario
apenas el aplicarles el dicho muy popular de que “por sus obras los
conocerás”. La Bolivia anterior a 2005 es obra de esas “constituciones” y de
esos códigos que deben quemarse a la brevedad posible. Una “ley” que hizo un
país como lo que Bolivia fue entre 1825 y 2005 es una vergüenza para la raza
humana. Afirma en sucio papel lo que niega en los hechos. Existe para
permitir todo delito y castiga uno solo, el de ser pobre y humilde. Tan
pronto destruyamos semejante “ley” podremos buscar con mejor derecho nuestra
dignidad humana.
Más difícil será eliminar ese segmento social que se sirve de la “ley”
corrupta para “mejorar su suerte”. Que es un segmento corrupto es evidente:
nadie mejor que tales jueces y abogados sabe cuán profunda y cruel es la
corrupción de esa “ley” que les ha servido para vivir muy bien. Que es fácil
demostrarlo es indudable: inviten ustedes a cualquier ciudadano a
presentarnos un juez o un abogado (un puñado sólo) conocido por su
corrección y su honradez. Si tal hombre existe es porque ya no es juez ni
abogado. Si, suena cómico, pero sólo porque somos incapaces de imaginar
todas las tragedias, abusos y crímenes silenciosos cometidos por esta legión
delincuente durante 200 años.
Sólo hay una esperanza para reemplazar a tales jueces y picapleitos: una Ley
sencilla y clara en manos de hombres y mujeres conocidos y elegidos por su
pueblo para interpretarla y aplicarla. Es indudable que otra virtud habrán
de tener tales defensores de la Ley: la juventud. Sólo entre los jóvenes
puede darse el idealismo y un espíritu de sacrificio que hoy parece brillar
por su ausencia pero aparecerá cuando la esperanza retorne entre nosotros.
Sólo los ignorantes y los idiotas prefieren vivir bajo la ignorante idiotez
del Bombón y sus secuaces. Son pocos, es verdad, y serán cada vez menos a
medida que la fe en la nueva Ley vaya creciendo entre grandes esfuerzos.
Quienes miraron con cuidado durante los últimos cuatro años a la política
boliviana habrán visto sin duda la presencia de varios jóvenes que han
sabido usar la “ley” corrupta con buenos fines. Cuando sirvan la Ley que
debe crearse con urgencia, ¿qué milagros no lograrán?.
Pero si nuestra nueva Ley tarda en aparecer o no aparece nunca, habremos
sembrado en el mar una vez más. Ni satélites ni bonos ni granizadas de
palabras pueden reemplazar esa ausencia. Cuando Bolivia sea gobernada por
sabias leyes y no por individuos sabremos finalmente que hemos creado un
país digno de sobrevivir.
Hasta entonces, vivimos y sufrimos entre salvajes.