Por Carmen Borella | Desde La Plata, Argentina
Miles de inmigrantes trabajan en esa feria bonaerense en el Partido de la Matanza, mientras empresarios y funcionarios del Gobierno discuten sobre la legalidad o ilegalidad de la misma. Un vendedor boliviano contó a Otros en Red su experiencia.
La Salada es la feria informal más grande de Latinoamérica y se ubica en el partido de Lomas de Zamora, cercana al viciado Riachuelo. Allí, además de trabajar argentinos también lo hacen miles de inmigrantes, principalmente de países como Bolivia, Paraguay y Perú.
Los últimos datos sobre la cantidad de extranjeros residentes en Argentina fueron arrojados por el Censo poblacional 2001, que reveló que de los 36 millones de habitantes, 1,5 son extranjeros, es decir el 4,2 por ciento de la población del país proviene en su gran mayoría de países limítrofes.
En Argentina la mayoría de la población extranjera se instala muchas veces en los grandes centros urbanos. En busca de mejorar sus posibilidades de trabajo, muchos se asientan principalmente en el Gran Buenos Aires, región que según datos oficiales tiene un índice de desocupación del 7,7 % y de subocupación del 10,2 %.
En este contexto de desplazamiento migratorio y desocupación, actualmente La Salada significa una de las principales fuentes de trabajo para muchos inmigrantes que viven en nuestro país.
Dicha feria se inició en 1991 con algunos vendedores bolivianos que realizaban su negocio en la localidad de Ingeniero Budge, luego cuando el negocio prosperó, crearon Urkupiña SA, de la que finalmente se desprendieron dos más: Cooperativa Ocean y Punta Mogotes SA. Estas ferias son denominadas bajo el nombre de La Salada debido a que funcionan cerca de la laguna Salada.
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La Feria, espacio de trabajo y posibilidad de ingresos
Foto: Emiliano Losalvia, Diario La Nación |
Actualmente la feria ya tiene su propia página web y se estima que cuenta con más de 6000 trabajadores, que venden por la noche y la madrugada. Estos últimos van rotando, ya que cuando a un vendedor se le acaba la mercadería le puede ceder el espacio a otro para que ubique su negocio. Se calcula que por día la feria es visitada por aproximadamente 20 mil personas y hasta 500 ómnibus de compras.
Denis vende en La Salada y fue consultado por Otros en Red para conocer su visión acerca de la feria. Es boliviano, tiene 20 años y llegó a la Argentina junto a sus padres y tres hermanos hace siete años, procedentes de Cochabamba. Trabaja junto a su familia vendiendo jeans para niñas y contó que tras estar “muy mal” en Bolivia decidieron probar suerte en nuestro país.
En un principio comenzaron confeccionando prendas en un pequeño taller para que otros las vendieran en Once y finalmente se animaron a fabricar su propia mercadería para venderla en la feria.
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Precisamente, en los últimos tiempos, es la mercadería de La Salada la que entró en polémica, ya que en su mayoría es confeccionada en talleres clandestinos de ropa, muchas veces de marcas de imitación. Esta característica ha generado una disputa pública entre quienes defienden La Salada como fuente de trabajo y quienes la defenestran, argumentando el incumplimiento fiscal y la existencia de irregularidades (la no inscripción en ingresos brutos por ejemplo) dentro de la misma.
Según un informe de la Unión Europea (UE) divulgado en 2007, La Salada constituye “un foco mundial del comercio y la producción de mercadería falsificada”. Por su parte, el ahora ex titular de la Agencia de Recaudación de la Provincia de Buenos Aires (Arba), Santiago Montoya, declaró al diario Clarín, durante los disturbios de su último operativo en el mes de marzo, que "Los puesteros chiquitos presentan irregularidades pero hay alguien que les vende la mercadería y es a ese a quien tenemos que encontrar.”
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A su vez, el debate sobre la ciclópea feria se avivó cuando Alfonso Prat Gay, ex titular del Banco Central y candidato a diputado nacional de la Coalición Cívica por la ciudad de Buenos Aires, cuestionó las políticas oficiales. Prat Gay, en una columna de opinión publicada en Clarín el 31de marzo, había afirmado que “Es imposible estar a favor de la microempresa y en contra de La Salada. ¿No es hipócrita castigar la informalidad de los excluidos cuando no les aseguramos un camino hacia la formalidad?”
La columna del candidato provocó que al día siguiente, en otro artículo de opinión publicado en Clarín, llegara la respuesta de la Confederación de la Mediana Empresa (CAME), cuyo titular, Osvaldo Cornide, acusó al economista de defender "el comercio ilegal, el contrabando, la evasión tributaria y la informalidad extrema.”
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Lo cierto es que en medio de la contienda entre políticos y empresarios sobre La Salada, nadie puede negar que a diario ocupa a miles de inmigrantes y que gracias a ella llevan una vida digna, pudiendo cubrir sus necesidades básicas y obtener ganancias.
Si bien puede existir dentro de ella mercadería confeccionada en talleres clandestinos donde se ha denunciado la realización de “trabajo esclavo”, otra triste realidad argentina, no se puede generalizar que tras todos los puestos de trabajo exista la esclavitud.
En muchos de los casos, como el de Denis, La Salada permite que muchas familias progresen, dejando de trabajar para terceros por una paga menor, y creando su propia empresa familiar.
Detrás de muchos de los vendedores inmigrantes de La Salada existen proyectos y ganas de trabajar. Como contó Denis a este medio, su deseo para el futuro es “terminar los estudios y tener una gran empresa textil algún día.”