Después
del Chaco y Santa Cruz, el altiplano
Los “Sin Tierra bolivianos”, al abordaje nacional
Por Víctor Orduna
El
Movimiento Sin Tierra (MST) ha descubierto que tiene mucho
más efecto ocupar una hacienda a 70 kilómetros
de La Paz que 10 en el Chaco tarijeño.
La ocupación de la hacienda Collana marca el traslado
del conflicto agrario al Occidente del país donde se
suponía que el latifundio estaba extinguido. ¿Cómo
celebrará el MNR los 50 años de la Reforma Agraria?
El pasado lunes 30 de Junio, después de varios meses
de anormal tranquilidad, la Ministra de Desarrollo Sostenible,
Moira Paz, despertó bruscamente a la realidad agraria
del país: “los ‘sin tierra’ habían
tomado el latifundio Collana”.
La
noticia no habría sido tan indigesta para la Ministra
si Collana se hubiera encontrado en algún paraje oriental
(donde, desde la ocupación de Pananti a mediados del
2001, suelen suceder las ocupaciones de tierras). Pero no,
el fundo Collana está tan solo a una hora y cuarto
de distancia de la oficina de doña Moira Paz (a unos
70 kms de La Paz, a medio camino de Oruro, en la provincia
Aroma).
Collana
es, para la historia, la primera ocupación en el Occidente
del país. Es, además, un nombre que, repentinamente,
desdice la historia agraria oficial según la cual la
reforma agraria del 53 dio muerte y sepultura al latifundio
en las tierras altas de la república. Historia que,
en apariencia, está refrendada por los datos.
Hasta
su intervención —por corrupción—
en 1992, el Consejo Nacional de Reforma Agraria y el Instituto
Nacional de Colonización habían repartido 44
millones de hectáreas (la superficie total de Bolivia
es de 109 millones de hectáreas) a cerca de 700 mil
beneficiarios. En el Occidente, la mayor parte de la distribución
se dirigió a las comunidades campesinas e indígenas
que, hasta 1953, estaban sometidas al régimen de servidumbre
de las haciendas.
Es
precisamente por eso por lo que para oenegistas, analistas
en temas de tierra y entendidos en la materia, lo del “latifundo
Collana” suena a regresión o a arqueología
agraria. Más aún cuando son “los nietos
de la Reforma Agraria” —como los llama Miguel
Urioste, director de la Fundación Tierra— los
abanderados de la ocupación; los primeros —autodeclarados—
“sin tierra” del altiplano. Jóvenes desheredados
que después tanta subdivisión del latifundio
ya no tienen, siquiera, opción de ser minifundistas.
Son
también los herederos de un mallkismo que agoniza después
de tres años de piedras y más piedras. La mejor
prueba de ello es que mientras los aymaras del Tholar tomaban
Collana, Felipe Quispe seguía insultándose televisadamente
con su diputado rebelde, Germán Choqueuanca. La mejor
prueba de ello es, también, que Quispe, en un ataque
de celos, califique lo sucedido como una cuestión de
loteadores. De igual forma, que Gabriel Bautista, el diputado
del MIP por la circunscripción a la que pertenece Collana,
esté teniendo una participación tan marginal
en lo que está sucediendo en su región es una
muestra más de cómo el ciclo de katarismo urticante
felipista está acercándose a su fin.
El
surgimiento de un Movimiento Sin Tierra (MST) de rostro aymara
es lo peor que le podía pasar a Quispe. Para calibrar
la influencia y extensión al altiplano de una organización
—el MST— hasta ahora enclavada en el Gran Chaco
tarijeño y en alguna provincia del norte cruceño
hay que considerar dos datos, o mejor, dos cargos: Eulogio
Quispe, campesino “sin tierra” de Achacachi (Omasuyos)
es desde marzo —mes en que se realizó el Congreso
Departamental del MST en La Paz— el ejecutivo de la
dirección departamental.
Segundo
dato: a pesar de sus diferencias con Ángel Durán,
presidente nacional del MST, y de la pugna entre ambos por
liderar las negociaciones con el Gobierno, Gabriel Pinto —“sin
tierra” del Tholar (provincia Aroma)— es actualmente
secretario nacional del MST.
Más
allá de su legitimidad o no, la “toma de Collana”
es el hecho agrario reivindicativo más contundente
y abiertamente desafiante, en Occidente, a la política
agraria renovada en 1996 con la aprobación de la Ley
INRA. Es también, un claro indicador cronológico
de evolución en las demandas agrarias en tierras altas.
Pese a toda su radicalidad, lo más atrevido que llegó
a demandar Felipe Quispe en sus bloqueos fue la sustitución
de la Ley INRA por una Ley INDIO que proponía una especie
de reconstitución territorial del Qollasuyo. Aun en
sus momentos de mayor radicalidad nacionalista, Quispe nunca
llegó a plantear la toma de tierras como estrategia
sindical.
El
traslado del conflicto agrario al Occidente, vía MST,
señala un momento álgido en la “lucha
por la tierra”. Aunque Collana es un asentamiento especialmente
representativo no deja de ser un nombre más en la retahíla
de ocupaciones que anuncian la primera ofensiva nacional de
los “sin tierra” en el país: Los Sotos
II y Santa Marta (Gran Chaco), predios municipales en Tarija,
Terebinto (Ichilo, Santa Cruz), Collana (Aroma, La Paz), Chulumani
(Sud Yungas). Así celebra el MST su tercer aniversario.
Y
aunque las negociaciones —que siguen en pie— se
resuelvan con un nuevo convenio —la discordia está
en si las ocupaciones permanecen o no durante el saneamiento—
es innegable que los Sin Tierra le han clavado una estaca
al discurso gubernamental. Si Lula acepta la invitación
que Sánchez de Lozada le hizo en Brasilia para que
asista a la celebración de los 50 años de la
Reforma Agraria, el próximo 2 de agosto, al Presidente
no le va a ser fácil explicar cómo es que el
legado revolucionario de Paz Estenssoro acaba en una ocupación
masiva de tierras.
Nueve
meses después…
¿Quién se acuerda del Plan Tierra?
En
su última edición, La Nación —el
periódico quincenal del MNR— tiene que recurrir
a una foto de hace 50 años —un serio Víctor
Paz Estenssoro firmando el decreto de Reforma Agraria el 2
de agosto de 1953 en Ucurí— para tratar de convencer
a su propia militancia de que la reforma agraria en el tercer
milenio es posible y que el problema "tierra-territorio"
está encaminándose hacia una solución
definitiva.
En
esa misma línea pero con un enfoque técnico,
el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), titula su
última Gaceta Agraria con una noticia que dentro de
36 meses podría ser considerada una “herejía
informativa”; el mencionado título dice: “En
tres años se saneará la totalidad de tierras
en el país”. Difícil misión si
se considera que hasta hoy la superficie saneada es, apenas,
un 15 por ciento del total.
Ante
este resurgimiento discursivo agrarista cabe “bajar”
a la realidad y preguntarse qué es lo que ha sucedido
con las políticas agrarias desde que el 6 de agosto
del año pasado el Gobierno prometiera que el tema “tierra”
sería una de sus prioridades.
Esa
pregunta es la que trata de responder el Proyecto de Investigación
Estratégica en Bolivia (PIEB), en la primera edición
de su Boletín “Temas de Debate”, titulado:
¿Quién se acuerda del Plan Tierra? A continuación
se reproducen algunas partes de este trabajo.
A
principios de septiembre de 2002, el Ministerio de Desarrollo
Sostenible presentó un programa de urgencia —titulado
Plan Tierra— que tenía, por lo menos, dos propósitos
declarados: detener el conflicto social agrario —en
esos momentos se registraban nuevas “tomas de tierra”
en Terebinto y en El Choré, Santa Cruz— y convencer
a la opinión pública de que era posible relanzar
un proceso agrario con serias señales de agotamiento
y paralización.
Después de nueve meses, se puede afirmar que el Plan
Tierra todavía no alcanzó ninguno de sus propósitos
iniciales. Primero, porque el conflicto agrario no se detuvo
—volviendo a marcar una sangrienta cronología
a mediados de noviembre de 2002 con la muerte de cuatro campesinos
en el área de colonización de Yapacaní—
y segundo, porque difícilmente se puede convencer a
la opinión pública de una renovada voluntad
política para relanzar el proceso agrario iniciado
en 1996 cuando, tras nueve meses, el Plan Tierra ha sufrido
una suerte de disolución al desaparecer del discurso
de gobierno y del escenario mediático.
Los
objetivos específicos planteados a corto plazo no se
cumplieron completamente. En lo referente a la distribución
inmediata de tierras, a pesar de haber duplicado el plazo
que se autoimpuso el mismo gobierno (tres meses), todavía
no se realizó uno de los tres asentamientos humanos
programados: el de Ixiamas. En el caso de las concesiones
forestales —que se calificaron como “inmediatas”
aunque carecían de plazos— la burocracia estatal
las ha sometido a un destino incierto y es poco probable que
empiecen a beneficiar a comunidades campesinas e indígenas
a corto plazo como pretendía el Plan.
Por
otra parte, de las dos políticas más importantes
del Plan —los Programas Nacionales de Saneamiento y
de Distribución de tierras— sólo una —la
que se refiere al saneamiento— ha sido elaborada y presentada
públicamente. Sin embargo, su posible ejecución
depende de los resultados de una estrategia de búsqueda
de financiamiento que todavía se debe desarrollar (actualmente
tan sólo se dispone del 16% del financiamiento requerido
para acabar el saneamiento en tres años).
En
lo referente a la titulación de tierras, la situación
es especialmente complicada. El Plan Tierra se comprometió
a entregar títulos a ocho mil beneficiarios, sin embargo,
hasta hoy el Presidente tan sólo firmó unos
140 títulos agrarios. Al margen de las metas del Plan,
el estancamiento en la titulación es insostenible a
corto plazo puesto que pone en duda la voluntad del Estado
de certificar los resultados del saneamiento de la tierra.
En
los aspectos normativos y de institucionalización,
el gobierno no ha actuado con la firmeza anunciada y se advierte
una suerte de “dejadez” en la preocupación
estatal por encontrar fórmulas legales más abreviadas
y eficaces para el desarrollo del saneamiento y, sobretodo,
para reactivar la función de la Comisión Agraria
Nacional (CAN) ajustando sus funciones a lo establecido en
la Ley INRA.
Los
escasos resultados del Plan Tierra, lo incierto de su futuro
y la insuficiente decisión para su aplicación
demuestran una incoherencia en el discurso de un gobierno
que insiste públicamente en la importancia vital del
“tema tierra” pero que, en los hechos, muestra
serias limitaciones para gestionar con éxito los cambios
que él mismo propone. Estos son, uno por uno, los puntos
más importantes del Plan Tierra:
1.
Distribución de 31.138 hectáreas en 90 días.
El
Plan Tierra pretendió responder a la crítica
situación del acceso a la tierra reflejada en la “toma
de latifundios” con la distribución de 31.138
hectáreas a 550 familias mediante la creación
de tres asentamientos humanos en los municipios de San Andrés
(Beni), Villamontes (Tarija) e Ixiamas (La Paz).
Sin
embargo, esta primera acción del Plan Tierra se cumplió
parcialmente. En la actualidad, de los tres asentamientos
programados, uno —el de Ixiamas (La Paz)— está
todavía pendiente. Y el de San Andrés (Beni)
se realizó después del plazo de —90 días—
establecido por el propio Plan.
Sobre
el incumplimiento en el asentamiento de Ixiamas, el viceministro
de Tierras, Henry Oporto, afirma lo siguiente: “Lamentablemente
no se ha podido concretar el asentamiento de Ixiamas, debido
a que el Gobierno Municipal se opone a que se lleve a gente
forastera; quiere que sea solamente gente del lugar. En cambio
el INRA había trabajado en la selección de familias
potosinas y de otras provincias de La Paz. Por esa razón
se ha decidido postergar este asentamiento e incorporarlo
como parte del Programa Nacional de Distribución de
Tierras”.
2. Otorgación de 700 mil hectáreas
en concesiones forestales inmediatas.
El
Plan Tierra propuso que los campesinos se organicen en Asociaciones
Sociales del Lugar (ASL) —una categoría establecida
por la Ley Forestal— para poder acceder a concesiones
forestales en cuatro municipios de Santa Cruz.
Tras
nueve meses, el calificativo de “inmediatez” aplicado
a esta medida contrasta con una sinuosa realidad burocrática.
Todavía no se ha otorgado ninguna concesión
forestal. El Ministerio de Desarrollo Sostenible informa que
el Viceministerio de Recursos Naturales y Medio Ambiente ha
completado toda la información relativa a estas 700
mil hectáreas forestales para entregárselas
a los municipios a fin de que puedan constituir ASLs y solicitar
las respectivas concesiones.
3. Preparación de un programa nacional de
distribución de tierras y Asentamientos Humanos.
A
través del Plan Tierra, el Gobierno anunció
la distribución de un total de 500 mi hectáreas
de tierras fiscales para beneficiar a unas diez mil familias.
Y además prevé la incorporación de nuevas
tierras fiscales para futuros asentamientos. Este es, sin
duda, el proyecto más ambicioso del Plan Tierra sobre
todo si se lo compara con lo poco que distribuyó el
INRA durante seis años (unas 11 mil hectáreas).
Pasar
de 11 mil hectáreas a medio millón es, sin duda,
un cambio radical que pone en juego la capacidad del propio
Estado. Hasta el momento, el programa todavía no fue
presentado. El Ministerio de Desarrollo Sostenible anunció
que podría concluirse el proceso de elaboración
en menos de un mes para que luego el plan pase a consideración
de la Comisiones Agrarias Departamentales (CADs).
4. Programa Nacional de Saneamiento.
Con
el objetivo de cumplir el plazo establecido por Ley, el Plan
Tierra plantea el diseño de un Programa Nacional de
Saneamiento. Después de siete meses de elaboración,
el Plan Nacional de Saneamiento y Titulación de Tierras
fue presentado por el Gobierno a fines del mes de mayo con
tres objetivos prioritarios: agilizar y hacer más eficiente
la ejecución del saneamiento para concluir con este
proceso hasta el año 2006, identificar tierras fiscales
para su distribución y dotación a campesinos
e indígenas sin tierra y otorgar seguridad jurídica.
Sin
embargo, la promesa oficial de acabar el saneamiento en tres
años choca con la realidad financiera: para financiar
el programa de saneamiento se requieren 113 millones de dólares
de los que el Gobierno tan sólo logró comprometer
hasta ahora —por la vía del financiamiento externo—
20.9 millones (el 16 por ciento).
5. Titulación de tierras.
En
este caso, la realidad ha sido contraria a las previsiones
del gobierno. El Plan Nacional de Saneamiento y Titulación
de tierras recientemente presentado no establece metas claras
de titulación por lo que existe un preocupante colapso
en esta etapa final. En ocho meses de gestión, según
datos del Ministerio de Desarrollo Sostenible, el Presidente
tan sólo firmó 140 títulos agrarios de
pequeños propietarios y propiedades comunales. La presión
por la titulación de TCOs se incrementa día
a día.
Fuente:
Boletín “Temas de Debate”, PIEB
Collana, ¿la última hacienda?
Se
podría afirmar que una hacienda como Collana —una
gran propiedad agropecuaria de 1.800 ha— es inusual,
por su gran extensión, en tierras altas. De hecho,
en el INRA se atreven a afirmar que Collana debe ser la propiedad
más grande del altiplano y que, además, no existe
ninguna otra susceptible de ser calificada como “latifundio”.
En
cualquier caso, se trata de un fundo que, aún habiendo
sobrevivido al 52 (en el INRA afirman que tras la reforma
agraria, Collana pasó de 10 mil a 1.800 ha), no puede
compararse con las inmensas superficies —que llegan
hasta las 50 mil hectáreas— dedicadas a la ganadería
en el Oriente del país.
Pero,
claro, no es únicamente la extensión lo que
define al latifundio. Apelando a las definiciones todavía
vigentes del Decreto de Reforma Agraria de 1953, el cumplimiento
de la Función Económico Social (FES) —la
Constitución establece que la tierra tiene que cumplir
una función económico-social para que el propietario
mantenga su derecho— la existencia o no de latifundio.
Es decir, que si Collana fuera una propiedad ociosa o improductiva
podría considerarse latifundio.
Pero
lo cierto es que en Collana sí existe actividad agropecuaria.
Cualquiera puede comprar un queso o un helado Collana en La
Paz. Sin embargo, tras la presentación de una denuncia,
en febrero de este año, en la que los campesinos calificaban
de “latifundio improductivo” a Collana, lo que
le correspondía al INRA es resolver el conflicto aplicando
un saneamiento simple de oficio. En otras palabras, realizando
una pericia de campo para establecer si la superficie del
fundo está acorde con su producción. Porque
ése es el punto en discordia: el MST afirma que, por
el número de cabezas de ganado (unas cien) y por los
cultivos de alfalfa, tan solo 500 de las 1.800 ha de Collana
cumplen una función económico social. La versión
de Ángel Durán, presidente del MST, es que el
INRA pidió a los comunarios que pagaran la mitad del
saneamiento (unos 2.500 dólares).
INRA:
¿oficina de Bienes Raíces?
La
versión de Fernando Valdivia, responsable de comunicación
del INRA y coordinador del Programa de Asentamientos Humanos,
es que la máxima institución agraria del país
trató de mediar entre las partes desde el inicio del
conflicto.
Una
carta remitida por Valdivia a Ángel Durán, el
14 de marzo dice, en su parte final, lo siguiente: