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4/7/2003 

     

 
 

Después del Chaco y Santa Cruz, el altiplano
Los “Sin Tierra bolivianos”, al abordaje nacional
Por Víctor Orduna

El Movimiento Sin Tierra (MST) ha descubierto que tiene mucho más efecto ocupar una hacienda a 70 kilómetros de La Paz que 10 en el Chaco tarijeño.

La ocupación de la hacienda Collana marca el traslado del conflicto agrario al Occidente del país donde se suponía que el latifundio estaba extinguido. ¿Cómo celebrará el MNR los 50 años de la Reforma Agraria?


El pasado lunes 30 de Junio, después de varios meses de anormal tranquilidad, la Ministra de Desarrollo Sostenible, Moira Paz, despertó bruscamente a la realidad agraria del país: “los ‘sin tierra’ habían tomado el latifundio Collana”.

La noticia no habría sido tan indigesta para la Ministra si Collana se hubiera encontrado en algún paraje oriental (donde, desde la ocupación de Pananti a mediados del 2001, suelen suceder las ocupaciones de tierras). Pero no, el fundo Collana está tan solo a una hora y cuarto de distancia de la oficina de doña Moira Paz (a unos 70 kms de La Paz, a medio camino de Oruro, en la provincia Aroma).

Collana es, para la historia, la primera ocupación en el Occidente del país. Es, además, un nombre que, repentinamente, desdice la historia agraria oficial según la cual la reforma agraria del 53 dio muerte y sepultura al latifundio en las tierras altas de la república. Historia que, en apariencia, está refrendada por los datos.

Hasta su intervención —por corrupción— en 1992, el Consejo Nacional de Reforma Agraria y el Instituto Nacional de Colonización habían repartido 44 millones de hectáreas (la superficie total de Bolivia es de 109 millones de hectáreas) a cerca de 700 mil beneficiarios. En el Occidente, la mayor parte de la distribución se dirigió a las comunidades campesinas e indígenas que, hasta 1953, estaban sometidas al régimen de servidumbre de las haciendas.

Es precisamente por eso por lo que para oenegistas, analistas en temas de tierra y entendidos en la materia, lo del “latifundo Collana” suena a regresión o a arqueología agraria. Más aún cuando son “los nietos de la Reforma Agraria” —como los llama Miguel Urioste, director de la Fundación Tierra— los abanderados de la ocupación; los primeros —autodeclarados— “sin tierra” del altiplano. Jóvenes desheredados que después tanta subdivisión del latifundio ya no tienen, siquiera, opción de ser minifundistas.

Son también los herederos de un mallkismo que agoniza después de tres años de piedras y más piedras. La mejor prueba de ello es que mientras los aymaras del Tholar tomaban Collana, Felipe Quispe seguía insultándose televisadamente con su diputado rebelde, Germán Choqueuanca. La mejor prueba de ello es, también, que Quispe, en un ataque de celos, califique lo sucedido como una cuestión de loteadores. De igual forma, que Gabriel Bautista, el diputado del MIP por la circunscripción a la que pertenece Collana, esté teniendo una participación tan marginal en lo que está sucediendo en su región es una muestra más de cómo el ciclo de katarismo urticante felipista está acercándose a su fin.

El surgimiento de un Movimiento Sin Tierra (MST) de rostro aymara es lo peor que le podía pasar a Quispe. Para calibrar la influencia y extensión al altiplano de una organización —el MST— hasta ahora enclavada en el Gran Chaco tarijeño y en alguna provincia del norte cruceño hay que considerar dos datos, o mejor, dos cargos: Eulogio Quispe, campesino “sin tierra” de Achacachi (Omasuyos) es desde marzo —mes en que se realizó el Congreso Departamental del MST en La Paz— el ejecutivo de la dirección departamental.

Segundo dato: a pesar de sus diferencias con Ángel Durán, presidente nacional del MST, y de la pugna entre ambos por liderar las negociaciones con el Gobierno, Gabriel Pinto —“sin tierra” del Tholar (provincia Aroma)— es actualmente secretario nacional del MST.

Más allá de su legitimidad o no, la “toma de Collana” es el hecho agrario reivindicativo más contundente y abiertamente desafiante, en Occidente, a la política agraria renovada en 1996 con la aprobación de la Ley INRA. Es también, un claro indicador cronológico de evolución en las demandas agrarias en tierras altas. Pese a toda su radicalidad, lo más atrevido que llegó a demandar Felipe Quispe en sus bloqueos fue la sustitución de la Ley INRA por una Ley INDIO que proponía una especie de reconstitución territorial del Qollasuyo. Aun en sus momentos de mayor radicalidad nacionalista, Quispe nunca llegó a plantear la toma de tierras como estrategia sindical.

El traslado del conflicto agrario al Occidente, vía MST, señala un momento álgido en la “lucha por la tierra”. Aunque Collana es un asentamiento especialmente representativo no deja de ser un nombre más en la retahíla de ocupaciones que anuncian la primera ofensiva nacional de los “sin tierra” en el país: Los Sotos II y Santa Marta (Gran Chaco), predios municipales en Tarija, Terebinto (Ichilo, Santa Cruz), Collana (Aroma, La Paz), Chulumani (Sud Yungas). Así celebra el MST su tercer aniversario.

Y aunque las negociaciones —que siguen en pie— se resuelvan con un nuevo convenio —la discordia está en si las ocupaciones permanecen o no durante el saneamiento— es innegable que los Sin Tierra le han clavado una estaca al discurso gubernamental. Si Lula acepta la invitación que Sánchez de Lozada le hizo en Brasilia para que asista a la celebración de los 50 años de la Reforma Agraria, el próximo 2 de agosto, al Presidente no le va a ser fácil explicar cómo es que el legado revolucionario de Paz Estenssoro acaba en una ocupación masiva de tierras.


Nueve meses después…
¿Quién se acuerda del Plan Tierra?

En su última edición, La Nación —el periódico quincenal del MNR— tiene que recurrir a una foto de hace 50 años —un serio Víctor Paz Estenssoro firmando el decreto de Reforma Agraria el 2 de agosto de 1953 en Ucurí— para tratar de convencer a su propia militancia de que la reforma agraria en el tercer milenio es posible y que el problema "tierra-territorio" está encaminándose hacia una solución definitiva.

En esa misma línea pero con un enfoque técnico, el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), titula su última Gaceta Agraria con una noticia que dentro de 36 meses podría ser considerada una “herejía informativa”; el mencionado título dice: “En tres años se saneará la totalidad de tierras en el país”. Difícil misión si se considera que hasta hoy la superficie saneada es, apenas, un 15 por ciento del total.

Ante este resurgimiento discursivo agrarista cabe “bajar” a la realidad y preguntarse qué es lo que ha sucedido con las políticas agrarias desde que el 6 de agosto del año pasado el Gobierno prometiera que el tema “tierra” sería una de sus prioridades.

Esa pregunta es la que trata de responder el Proyecto de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB), en la primera edición de su Boletín “Temas de Debate”, titulado: ¿Quién se acuerda del Plan Tierra? A continuación se reproducen algunas partes de este trabajo.

A principios de septiembre de 2002, el Ministerio de Desarrollo Sostenible presentó un programa de urgencia —titulado Plan Tierra— que tenía, por lo menos, dos propósitos declarados: detener el conflicto social agrario —en esos momentos se registraban nuevas “tomas de tierra” en Terebinto y en El Choré, Santa Cruz— y convencer a la opinión pública de que era posible relanzar un proceso agrario con serias señales de agotamiento y paralización.
Después de nueve meses, se puede afirmar que el Plan Tierra todavía no alcanzó ninguno de sus propósitos iniciales. Primero, porque el conflicto agrario no se detuvo —volviendo a marcar una sangrienta cronología a mediados de noviembre de 2002 con la muerte de cuatro campesinos en el área de colonización de Yapacaní— y segundo, porque difícilmente se puede convencer a la opinión pública de una renovada voluntad política para relanzar el proceso agrario iniciado en 1996 cuando, tras nueve meses, el Plan Tierra ha sufrido una suerte de disolución al desaparecer del discurso de gobierno y del escenario mediático.

Los objetivos específicos planteados a corto plazo no se cumplieron completamente. En lo referente a la distribución inmediata de tierras, a pesar de haber duplicado el plazo que se autoimpuso el mismo gobierno (tres meses), todavía no se realizó uno de los tres asentamientos humanos programados: el de Ixiamas. En el caso de las concesiones forestales —que se calificaron como “inmediatas” aunque carecían de plazos— la burocracia estatal las ha sometido a un destino incierto y es poco probable que empiecen a beneficiar a comunidades campesinas e indígenas a corto plazo como pretendía el Plan.

Por otra parte, de las dos políticas más importantes del Plan —los Programas Nacionales de Saneamiento y de Distribución de tierras— sólo una —la que se refiere al saneamiento— ha sido elaborada y presentada públicamente. Sin embargo, su posible ejecución depende de los resultados de una estrategia de búsqueda de financiamiento que todavía se debe desarrollar (actualmente tan sólo se dispone del 16% del financiamiento requerido para acabar el saneamiento en tres años).

En lo referente a la titulación de tierras, la situación es especialmente complicada. El Plan Tierra se comprometió a entregar títulos a ocho mil beneficiarios, sin embargo, hasta hoy el Presidente tan sólo firmó unos 140 títulos agrarios. Al margen de las metas del Plan, el estancamiento en la titulación es insostenible a corto plazo puesto que pone en duda la voluntad del Estado de certificar los resultados del saneamiento de la tierra.

En los aspectos normativos y de institucionalización, el gobierno no ha actuado con la firmeza anunciada y se advierte una suerte de “dejadez” en la preocupación estatal por encontrar fórmulas legales más abreviadas y eficaces para el desarrollo del saneamiento y, sobretodo, para reactivar la función de la Comisión Agraria Nacional (CAN) ajustando sus funciones a lo establecido en la Ley INRA.

Los escasos resultados del Plan Tierra, lo incierto de su futuro y la insuficiente decisión para su aplicación demuestran una incoherencia en el discurso de un gobierno que insiste públicamente en la importancia vital del “tema tierra” pero que, en los hechos, muestra serias limitaciones para gestionar con éxito los cambios que él mismo propone. Estos son, uno por uno, los puntos más importantes del Plan Tierra:

1. Distribución de 31.138 hectáreas en 90 días.
El Plan Tierra pretendió responder a la crítica situación del acceso a la tierra reflejada en la “toma de latifundios” con la distribución de 31.138 hectáreas a 550 familias mediante la creación de tres asentamientos humanos en los municipios de San Andrés (Beni), Villamontes (Tarija) e Ixiamas (La Paz).
Sin embargo, esta primera acción del Plan Tierra se cumplió parcialmente. En la actualidad, de los tres asentamientos programados, uno —el de Ixiamas (La Paz)— está todavía pendiente. Y el de San Andrés (Beni) se realizó después del plazo de —90 días— establecido por el propio Plan.
Sobre el incumplimiento en el asentamiento de Ixiamas, el viceministro de Tierras, Henry Oporto, afirma lo siguiente: “Lamentablemente no se ha podido concretar el asentamiento de Ixiamas, debido a que el Gobierno Municipal se opone a que se lleve a gente forastera; quiere que sea solamente gente del lugar. En cambio el INRA había trabajado en la selección de familias potosinas y de otras provincias de La Paz. Por esa razón se ha decidido postergar este asentamiento e incorporarlo como parte del Programa Nacional de Distribución de Tierras”.

2. Otorgación de 700 mil hectáreas en concesiones forestales inmediatas.
El Plan Tierra propuso que los campesinos se organicen en Asociaciones Sociales del Lugar (ASL) —una categoría establecida por la Ley Forestal— para poder acceder a concesiones forestales en cuatro municipios de Santa Cruz.
Tras nueve meses, el calificativo de “inmediatez” aplicado a esta medida contrasta con una sinuosa realidad burocrática. Todavía no se ha otorgado ninguna concesión forestal. El Ministerio de Desarrollo Sostenible informa que el Viceministerio de Recursos Naturales y Medio Ambiente ha completado toda la información relativa a estas 700 mil hectáreas forestales para entregárselas a los municipios a fin de que puedan constituir ASLs y solicitar las respectivas concesiones.

3. Preparación de un programa nacional de distribución de tierras y Asentamientos Humanos.
A través del Plan Tierra, el Gobierno anunció la distribución de un total de 500 mi hectáreas de tierras fiscales para beneficiar a unas diez mil familias. Y además prevé la incorporación de nuevas tierras fiscales para futuros asentamientos. Este es, sin duda, el proyecto más ambicioso del Plan Tierra sobre todo si se lo compara con lo poco que distribuyó el INRA durante seis años (unas 11 mil hectáreas).
Pasar de 11 mil hectáreas a medio millón es, sin duda, un cambio radical que pone en juego la capacidad del propio Estado. Hasta el momento, el programa todavía no fue presentado. El Ministerio de Desarrollo Sostenible anunció que podría concluirse el proceso de elaboración en menos de un mes para que luego el plan pase a consideración de la Comisiones Agrarias Departamentales (CADs).

4. Programa Nacional de Saneamiento.
Con el objetivo de cumplir el plazo establecido por Ley, el Plan Tierra plantea el diseño de un Programa Nacional de Saneamiento. Después de siete meses de elaboración, el Plan Nacional de Saneamiento y Titulación de Tierras fue presentado por el Gobierno a fines del mes de mayo con tres objetivos prioritarios: agilizar y hacer más eficiente la ejecución del saneamiento para concluir con este proceso hasta el año 2006, identificar tierras fiscales para su distribución y dotación a campesinos e indígenas sin tierra y otorgar seguridad jurídica.
Sin embargo, la promesa oficial de acabar el saneamiento en tres años choca con la realidad financiera: para financiar el programa de saneamiento se requieren 113 millones de dólares de los que el Gobierno tan sólo logró comprometer hasta ahora —por la vía del financiamiento externo— 20.9 millones (el 16 por ciento).

5. Titulación de tierras.
En este caso, la realidad ha sido contraria a las previsiones del gobierno. El Plan Nacional de Saneamiento y Titulación de tierras recientemente presentado no establece metas claras de titulación por lo que existe un preocupante colapso en esta etapa final. En ocho meses de gestión, según datos del Ministerio de Desarrollo Sostenible, el Presidente tan sólo firmó 140 títulos agrarios de pequeños propietarios y propiedades comunales. La presión por la titulación de TCOs se incrementa día a día.
Fuente: Boletín “Temas de Debate”, PIEB


Collana, ¿la última hacienda?
Se podría afirmar que una hacienda como Collana —una gran propiedad agropecuaria de 1.800 ha— es inusual, por su gran extensión, en tierras altas. De hecho, en el INRA se atreven a afirmar que Collana debe ser la propiedad más grande del altiplano y que, además, no existe ninguna otra susceptible de ser calificada como “latifundio”.

En cualquier caso, se trata de un fundo que, aún habiendo sobrevivido al 52 (en el INRA afirman que tras la reforma agraria, Collana pasó de 10 mil a 1.800 ha), no puede compararse con las inmensas superficies —que llegan hasta las 50 mil hectáreas— dedicadas a la ganadería en el Oriente del país.

Pero, claro, no es únicamente la extensión lo que define al latifundio. Apelando a las definiciones todavía vigentes del Decreto de Reforma Agraria de 1953, el cumplimiento de la Función Económico Social (FES) —la Constitución establece que la tierra tiene que cumplir una función económico-social para que el propietario mantenga su derecho— la existencia o no de latifundio. Es decir, que si Collana fuera una propiedad ociosa o improductiva podría considerarse latifundio.

Pero lo cierto es que en Collana sí existe actividad agropecuaria. Cualquiera puede comprar un queso o un helado Collana en La Paz. Sin embargo, tras la presentación de una denuncia, en febrero de este año, en la que los campesinos calificaban de “latifundio improductivo” a Collana, lo que le correspondía al INRA es resolver el conflicto aplicando un saneamiento simple de oficio. En otras palabras, realizando una pericia de campo para establecer si la superficie del fundo está acorde con su producción. Porque ése es el punto en discordia: el MST afirma que, por el número de cabezas de ganado (unas cien) y por los cultivos de alfalfa, tan solo 500 de las 1.800 ha de Collana cumplen una función económico social. La versión de Ángel Durán, presidente del MST, es que el INRA pidió a los comunarios que pagaran la mitad del saneamiento (unos 2.500 dólares).

INRA: ¿oficina de Bienes Raíces?
La versión de Fernando Valdivia, responsable de comunicación del INRA y coordinador del Programa de Asentamientos Humanos, es que la máxima institución agraria del país trató de mediar entre las partes desde el inicio del conflicto.

Una carta remitida por Valdivia a Ángel Durán, el 14 de marzo dice, en su parte final, lo siguiente:

“… el lunes 10 de marzo recibimos en audiencia a representantes del MST Collana, oportunidad en la que ellos nos informaron de la intención de comprar parte de esta propiedad; y que incluso mantuvieron tratativas con su actual representante, la Srta. Pancarita Iturralde. Este aspecto nos fue confirmado por la representante de este predio; por lo que consideramos que su resolución debería darse en el marco de un entendimiento entre los interesados”.
Dicho y hecho. El INRA actuó durante unos buenos meses tratando de conciliar la venta de la mitad de Collana. Valdivia se reunió varias veces con Pancarita Iturralde —gerente de la hacienda e hija de la dueña, Amparo Campuzano— para tratar de limar las asperezas de la venta. Entre otras cosas, el punto de mayor disputa era el precio por hectárea: 350 dólares. Un negocio de 350 mil dólares. Incluso se llegó a establecer un máximo de compra de cinco has por campesino. Pero la transacción se frustró; Ángel Durán les hizo notar a sus afiliados que el MST, por principios, no puede comprar tierras. Como no podría ser de otra manera, ideológicamente, el MST está en contra de la mercantilización de la tierra.

Frustrada la venta, el INRA trató de convencer a la familia Iturralde de que el único camino para resolver el conflicto era el saneamiento de la propiedad. Según cuenta Valdivia, la familia se negó por dos motivos: el costo (que podría ser de uno 15 mil dólares en el caso del un saneamiento simple a pedido de parte) y el hecho de que la admisión de este procedimiento sería “como dar la razón a los campesinos”.

Cómo estropearle la fiesta al Gobierno
Lo sorprendente de todo este embrollo es que el INRA —y el Gobierno— por su lentitud, confusión y negligencia, manden al traste la imagen de lo que han querido presentar como el “relanzamiento del proceso agrario” por un conflicto que, desde el primer momento, se podría haber resuelto mediante el saneamiento. De qué institucionalidad puede hablar el INRA cuando sus funcionarios se dedican a actuar como agentes de venta de bienes raíces. Más aún cuando los mercados de tierras funcionan, en el país, al margen de la legalidad. Si ésta es una nueva función del INRA no hay mucho más que decir…

La toma de Collana y el reguero de ocupaciones en marcha y anunciadas han acabado, de golpe, con todas las efímeras esperanzas que pudiera haber generado la reciente presentación de un Plan Nacional de Saneamiento y Titulación de tierras y el anuncio de un “inminente” Plan Nacional de Distribución de Tierras. Esta semana, el MST ha reventado una carga de profundidad en los cimientos del “proceso agrario”.

 



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