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6/10/2003 
Más allá de las quenas y zampoñas el jazz boliviano resalta en un sonido muy distinto y a la vez muy auténtico del género, como todo arte que se hace a 4.000 metros de altura.

Jazz de altura
Por: Sergio Calero - Extraído de La Epoca, Bolivia

El FestiJazz de este año no solo dejó buena música en el Teatro Municipal, sino también el rescate sonoro de los pioneros nacionales de este género. Siempre con la iniciativa de Mario Eduardo Vargas y aprovechando el evento, Discolandia puso en circulación la caja de “Los Pilares del Jazz Boliviano” con los tres discos imprescindibles para revisar la historia no solo del jazz, sino de la creación musical desde los años 60.

En general el jazz en el país ha tenido pocos exponentes y menos aún creaciones propias y editadas en disco. De allí el valor de esta reedición, porque además de rescatar verdaderos documentos sonoros, cumple con músicos injustamente marginados del reconocimiento, como el gran trompetista Lucho Mejía, el tecladista René Calderón, el espléndido quenista Eduardo Ortiz y, cómo no, Johnny González, un pianista que puso no solo talento, sino empeño personal para hacer y difundir jazz en un medio poco habituado a escuchar música elaborada.

La caja se inicia con el rescate de un primogénito, no solo de Johnny González sino del jazz boliviano, porque es el registro del primer festival realizado en 1968 y que incluía por primera vez algunos temas con instrumentos nativos, aunque también con dudosos resultados.

El segundo disco es una verdadera joya, “The Tiahuanacu Brass” de 1969, la sabrosa trompeta de Lucho Mejía con el gorjeo grave de Dobbs Hartshorne, contrabajista de la banda del legendario Glenn Miller. Es la combinación de talentos nacionales y norteamericanos para realizar un jazz, que sin perder el toque clásico adquiere un singular toque boliviano. Por ello la interpretación de “Cunumicita” y “La Culpable”. Notable la calidad de grabación que permite apreciar este cuarteto y su atractiva propuesta con plena fidelidad más de tres décadas después de su registro.

Y cierra la edición el histórico “Jazz a 4.000 metros de Altura” también de Johnny González, disco de 1976 que plasma la búsqueda folk-jazz y el trabajo del pianista en lo que fue “La Cueva del Jazz”, espacio fundamental que en los años 60 permitió a muchos músicos introducirse y experimentar en el jazz, como Fernando Sanjinés 13, Eduardo Ortiz, Alvaro Córdova, Javier Saldías y muchos otros.

La caja lanzada en un precio realmente accesible y cuidadosamente elaborada trae fotos de la época y la información necesaria, aunque lamentablemente no mantiene la autoría en las composiciones, figurando el absurdo A.A. D.D. Sobodaycom, en vez de Lennon& McCartney para el famoso “Yesterday”, por ejemplo.

Quienes gustan del jazz no esperen encontrarse con grandes virtuosismos o propuestas de vanguardia. Este documento es más bien la oportunidad de re-encontrarse con una búsqueda, con un esfuerzo por lograr un jazz propio, que más allá de las quenas y zampoñas resalta en un sonido muy distinto y a la vez muy auténtico del género, como todo arte que se hace a 4.000 metros de altura.

La historia del jazz y del rock boliviano ya está documentada


Las historias del rock y del jazz boliviano, junto a su producción discográfica, sus grandes figuras y los eventos más importantes en estos dos géneros musicales, ya cuentan con una bibliografía básica. Se trata de dos materiales: un libro y una revista, que recogen la historia de las corrientes musicales que invadieron el espectro musical durante el siglo XX.

Jazz de altura
La revista de música contemporánea boliviana “Encuentro”, de Mario Eduardo Vargas, recopila toda la historia del jazz (desde 1968 hasta la fecha), discografía boliviana, entrevistas a los más importantes músicos bolivianos intérpretes del jazz, definiciones sobre este género musical, notas de análisis y opinión al respecto y un homenaje especial al Festival Internacional de Jazz, FestiJazz.

A la pregunta de por qué escogió al jazz para dedicarle el contenido íntegro de una revista especializada, Mario Eduardo Vargas, autor de la misma, responde con dos palabras: “Pasión y ‘timimg’. El jazz es el género que más cultivó auditivamente, después viene el rock. Hace un año ya había conversado con Wálter Gómez, organizador del FestiJazz, respecto a la posibilidad de hacer algo juntos. Yo tenía la primera edición de ‘Encuentro’ lista para ir a imprenta, cuando surgió la posibilidad de concretar para esta versión del La Paz FestiJazz algo más significativo. Se trataba de lanzar la revista, como vulgarmente decimos ‘con volapié’. Wálter, que no es de los que escapa cuando se trata de enfrentar un desafío, acogió la idea y juntos plasmamos una publicación inédita en los anales jazzísticos del país. ‘Encuentro’ es una revista íntegra y felizmente dedicada al quehacer musical boliviano, a despecho de los géneros involucrados”.

La esencia es improvisar
Aunque en la misma revista se explica toda la historia del jazz y las varias definiciones que se dieron a este término desde la década de los años 20, Vargas explica que jazz, según su propia concepción, es en términos simples: la improvisación.

“Háblenme del swing, háblenme de la síncopa, de la disonancia y la armonía, los más avanzados en la materia. Lo que cualquier oído acostumbrado a la genialidad de los Beatles, Cream, Led Zeppelín, King Crimson, Pink Floyd, Emerson, Lake & Palmer y Jethro Tull ha escuchado; es una parte del universo musical que nuestro Padre Celestial ha dispuesto para nosotros. La otra, la del atrevimiento, la de mover a tu intelecto y desafiar tu imaginación mucho más allá de los cuatro acordes que caracterizan al rock, constituyen la segunda parte de este fascinante universo. Ese vital elemento de la improvisación comanda esta segunda parte, en la que personalmente encajo mejor”, sostiene Vargas.

Desde el primer festival de jazz, realizado en mayo de 1968, hasta los más recientes protagonistas del FestiJazz 2003, son los protagonistas de la historia del jazz boliviano y toda la discografía al respecto.

A opinión de Vargas, existen varios discos fundamentales del jazz. “Discolandia y yo acaban de re-editar un box set titulado ‘Los tres pilares del jazz boliviano’, que incluye las tres primeras grabaciones del género en nuestro país: ‘Primer Festival de Jazz’ (1968), que además fue grabado en vivo el 30 de mayo de 1968 en el Teatro 16 de Julio de nuestra ciudad y que está interpretado por Johnny González y su conjunto; The Tiahuanacu Brass (1969), proyecto ideado por Johnny y que en esa ocasión juntó a dos músicos norteamericanos y dos bolivianos (René Calderón y Lucho Mejía) y que presenta el notable nivel musical de Lucho; y ‘Jazz a 4.000 metros de altura’ (1976), del cuarteto de Johnny González y un disco fundamental de nuestra discografía por donde se lo vea. Del resto del lote, rescato ‘Sicuris de Cristal’, de Bolivian Jazz (1993); ‘Jazz en Los Andes’, de Carlos Ponce (1999); ‘Las Vacas No Tienen La Culpa’, de Las Vacas Locas (2001); ‘Los Andes Jazz Project’, de Yayo Morales (2003); ‘Jazz in Bolivia’, de Danilo Rojas (2003) y ‘La Verdad’, de La Paz Big Band (2003). Las agrupaciones que se han destacado en estos 35 años son Johnny González y sus distintos ‘combos’; Bolivian Jazz, y me gusta mucho lo que ha hecho Lucho Mejía y lo que hacen ahora Danilo Rojas, Yayo Morales, Víctor Hugo Mercado y La Paz Big Band (con 20 músicos de primer nivel)”.

Rock made in Bolivia
Las primeras experiencias rockeras, a cargo de grupos como Bonnys Boys Hot’s, Black Birds, Red Socks, The Crickets o Four Star se plasman en las 142 páginas del libro titulado “Rock Boliviano. Cuatro décadas de historia”, del periodista y músico Marco Basualdo Zambrana.

Este libro, presentado en la reciente Feria Internacional del Libro a cargo de la editorial Plural, divide la historia rockera en cuatro décadas, desde los años 60, pasando por todos los subgéneros, como el rock fusión de Wara, el heavy metal de OM, el blue de la Drago Blues Band, el thrash de Subvertor, el punk de Scoria, el reagge de Lapsus, el dark de Autorev, el hip hop de Chu PT Bong, sin dejar de lado los exitosos Lou Kass, Coda 3 (hoy Octavia) y Llegas.

“El rock produjo en el país un gran bagaje de bandas que en su momento intentaron marcar la senda del rock boliviano como tal y cuya tozuda persistencia en casi cuatro décadas de historia intentan otorgarle al género nacional un rumbo legítimo y fundamentado. Pero a pesar de aquella tenaz perseverancia, el rock boliviano en general no ha sido capaz de lograr trascendencia tanto dentro como fuera de nuestro territorio; es más, pocas bandas y sus himnos son conservados en la memoria de los mismos rockeros nacionales y los nombres más evocados surgen más como una necesidad nostálgica que del seguimiento a una banda de culto”, dice Marco Basualdo en el prólogo del libro.

Un género sin identidad
Según el autor, Bolivia no podía estar al margen de los sucesos que el rock produjo alrededor del mundo y aunque los inicios del rock en nuestro país carecieron de identidad poco a poco se fue consolidando una identidad.
“Es indudable que el rock influyó en Bolivia tanto como en el resto del mundo; tuvo un inicio plagiario para dar paso a algunas esporádicas y gloriosas apariciones que intentaron brindarle autenticidad; cayó en lagunas creativas para retomar la vía hacia un producto con características y señas propias, ambivalencia que parece ser una constante.
Desde Bonnys Boys Hot’s a Chu PT Bong, una infinidad de músicos y bandas vienen surcando el difícil camino del rock en Bolivia y a su turno supieron experimentar el sabor agridulce de la fama y el olvido”, afirma el autor.
Son más de 80 representantes del rock de todo el país, entre grupos y solistas, registrados en el libro de Basualdo, y aunque la mayoría son proyectos que aparecen en escena de forma esporádica, los más han dejado huella en la memoria musical boliviana.

“Este libro intenta mostrar a los protagonistas la fortuna, las frustraciones y los sueños por los que ha sabido vagar el movimiento nacional en nombre de todos los que aman el rock y aún mantienen la fe en él”, finaliza./ Richard Sánchez

Breve discografía del jazz local

* En 1969 se conforma The Tiahuanacu Brass con Dobbs Hartshorne en el contrabajo, John Fischer en la batería, René Calderón en el piano y Luis Mejía en la trompeta. Lo que hace memorable al disco es la impecable ejecución de la parte rítmica responsable (¡qué más podía esperarse de dos músicos norteamericanos!), la presencia y personalidad del timbre de Mejía y la reveladora participación de Calderón en el piano.

* Durante mucho tiempo, esta segunda grabación del Cuarteto de Jazz Johnny González para Discolandia (1976) fue el referente exacto de lo que aquí se pretendía hacer en función al género. Con la participación de Eduardo Ortiz en instrumentos de vientos, Fernando Sanjinés en la batería y Hedí Terrazas en el bajo, González y sus colegas atraviesan por una abierta y cautivante planicie de motivos andinos y sudamericanos.

* Bolivian Jazz había nacido en 1986, fruto de la inquietud de René Saavedra, algo así como el heredero natural del “trono” que Johnny González había dejado al ausentarse del país. Durante muchos años, René absorbería todo el conocimiento del pianista y asimilaría los conceptos de jazz andino a cabalidad.

* Víctor Hugo Mercado es uno de los hijos pródigos del género en nuestro país. La trayectoria del guitarrista ha marcado participaciones en varias bandas que dejaron huella; entre ellas Harlem y Caravan Jazz. Las Vacas Locas nace como propuesta en septiembre del 2000, una vez que Daniel Zegada regresa al país luego de cursar estudios en EEUU. Zegadex convocaría a músicos del ámbito local para hacer un jazz que contemple estilos de varias eras, pero que sonara contemporánea.




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