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17/7/2003 
Como un especial en tres ediciones, La Razón publicó en Bolivia el valioso ensayo "Carlos Montenegro y la República Argentina", del economista y diplomático Carlos Piñeiro Iñiguez —embajador de la República Argentina en Bolivia—. El mismo constituye un valiosísimo aporte a la historia del pensamiento boliviano.

Carlos Montenegro y la República Argentina

Por Carlos Piñeiro Iñiguez (foto)
Embajador de la República Argentina en Bolivia.

El cincuentenario de su muerte ha contribuido a la difusión de la obra de un pensador clave para comprender la búsqueda de la identidad nacional boliviana.

Será justo seguir hablando de “Montenegro, el desconocido”? En el momento de su muerte, en 1953, Augusto Céspedes tituló así una hermosa semblanza de su cuñado y amigo del alma; todavía en 1979, Mariano Baptista Gumucio tomaba prestado el calificativo de “desconocido” para presentar al público algunos trabajos relevantes de Montenegro. Se nos ocurre que los años transcurridos desde entonces y, en especial, los volúmenes publicados ahora en el cincuentenario de su muerte, han contribuido a la difusión de la obra de un pensador clave para comprender la búsqueda de la identidad nacional boliviana.

Sin embargo, queda pendiente la investigación de la importancia que Montenegro tuvo en la formación del nacionalismo latinoamericano: la Patria Grande de Bolívar tiene una deuda pendiente con este gran cochabambino. Sus huellas directas pueden rastrearse en México, en Chile y, fundamentalmente, en la Argentina; vivió en Buenos Aires durante casi diez años, y es a esa larga presencia a la que vamos a referirnos en estas notas, como también a su influencia en la consolidación del pensamiento latinoamericanista argentino.

La primera estadía de Montenegro en Buenos Aires se prolongó por casi cuatro años, a partir de fines de 1935; las circunstancias de entonces le permitieron algunos breves viajes a Bolivia con los que apenas pudo mitigar su nostalgia y, sobre todo, su intensa sed de participación en la lucha política. Recapitulemos los antecedentes. Hijo de un abogado liberal de Cochabamba, Montenegro había cursado los casi inevitables estudios de derecho, profesión que prácticamente no ejerció. Más lo atraían las veladas literarias y el periodismo, que comenzó a practicar en Arte y Trabajo. Su pluma filosa le valió el récord de ser excomulgado —por breve plazo— a los 19 años. La vocación política lo llevó a colaborar con el gobierno de Hernando Siles, cuyas tendencias nacionalistas lo atraían; fue una actitud tomada a contracorriente, pues la mayoría de los jóvenes universitarios, imbuidos de principios más abstractos, lo cuestionaron duramente.

Sin duda, como para tantos otros bolivianos de su tiempo, la experiencia capital fue la de participar en la Guerra del Chaco, esa “guerra estúpida” de la que hablaría Augusto Céspedes. Trabó relación con varios oficiales de Estado Mayor, entre los que se destacaban David Toro y Germán Busch. Carlos Montenegro cultiva esas amistades a la par que se entrega a la organización de fuerzas políticas —el Partido Socialista, la Confederación Socialista Boliviana— que impulsan un cambio radical en la conformación político-social del país.

Según múltiples testimonios, Montenegro es uno de los cerebros de la conspiración que lleva a Toro al poder desplazando a Tejada Sorzano; su impronta está en la creación del Ministerio de Trabajo y Previsión Social —a cuyo frente se designó al dirigente sindical gráfico Waldo Álvarez—, y se preparó el decreto por el que se dispuso la caducidad de la concesión otorgada en 1920 a la Standard Oil; creándose el Ministerio de Minas y Petróleo a cargo del Tcnl. Antenor Ichazo. Con unos pocos amigos, Montenegro participa del lanzamiento de La Calle, un periódico que durante diez años —atravesando cinco clausuras— sería una tribuna de formación nacionalista. En esas circuns- tancias, cuando todo hacía prever que jugaría un papel determinante en el nuevo Gobierno, es enviado a la Argentina como secretario de la delegación que negociaría allí la paz definitiva del conflicto del Chaco. La explicación de Toro fue insatisfactoria; según recuerda Yolanda Céspedes de Montenegro —que de recién casada lo acompañó a Buenos Aires—, el Presidente le dijo: “Usted está muy agotado, ha tenido un trabajo muy fuerte en este tiempo, vaya a Buenos Aires con la delegación, le sentará bien, es sólo por un par de meses”. Otras versiones dicen que la decisión fue influenciada por la masonería, que temía sus posiciones radicalmente nacionalistas. De malagana, y confiando en que durante ese par de meses los temores que inspiraba se disiparían, Montenegro terminó por aceptar. Las funciones no eran demasiado gratificantes: quienes representaban a los países garantes de la paz sólo aspiraban a cierto lucimiento personal, olvidando los padeceres de los dos pueblos que se desangraban en una terrible guerra. Para desesperación de Montenegro, las negociaciones se prolongaban y mediante correspondencia procuraba influir en el curso de los acontecimientos bolivianos.

Su interlocutor privilegiado es Germán Busch. Montenegro había perdido la confianza en el gobierno de Toro, al que consideraba excesivamente permeable a las influencias de las antiguas élites. De las muy amistosas cartas surge claramente una incitación a que Busch se haga cargo del Gobierno, pero con una clara exigencia: “Tengo la más plena fe en que puedes dar las más útiles soluciones a casi todos nuestros problemas, y que si no las dieras durante tu gobierno, sería necesario llamar al Busch del Chaco para que casque al Busch que, en el Gobierno, no se lance a fondo a defender a su país”. Cuando en julio de 1937 Busch desplaza a Toro, Montenegro lo acicatea con propuestas sobre el petróleo, el estaño, la necesidad de construir hornos de fundición, de avanzar en la industrialización de las materias primas.

Se produce entonces un hecho singular que no refleja la correspondencia que hemos consultado: Montenegro, que ha visto postergado su regreso a la arena boliviana con distintos pretextos por el gobierno de Toro, debe resignarse a que su amigo Busch lo mantenga en el destierro, so pretexto de montar en Buenos Aires una oficina de propaganda del nuevo Gobierno boliviano. Con resignación, Montenegro acepta: sabe que en La Paz se dice de él que es “nazi”, “comunista” o “nazi-comunista”, y no quiere comprometer la suerte de su amigo, a quien, sin embargo, considera en grave peligro.

Hay un nombre que se interpone en su camino y que lo hará mucho más en el futuro: el de Gabriel Gosálvez, que ocupa el cargo de Secretario de la Presidencia, cargo que supuestamente estaba reservado para Montenegro. Gosálvez descree de esos riesgos y sostiene la tesis inversa: el peligroso, en realidad, sería Montenegro, que permanece muy activo y desde Buenos Aires envía dos folletos que radicalizan el curso del Gobierno. Se trata de Caducidad de las concesiones mineras y de Frente al Derecho del Estado, el Oro de la Standard Oil. Según Valentín Abecia López, este último escrito “cayó como una bomba, toda la trama quedó al descubierto, la empresa quedó en pañales y a la Corte Suprema se le iluminó el camino. Frente al Derecho del Estado fue, en su momento, una obra definitiva. Además, hay que ponderar la sencillez con la que está escrita, lo que facilita la comprensión de todo lo cocinado o por cocinarse”.

Estas intervenciones a la distancia en la política boliviana no impidieron a Montenegro —personalidad proteica, de admirable vitalismo— introducirse de lleno en la vida social argentina. Si durante su segunda estadía se concentró en temas políticos, entre 1935 y 1939 lo que apasiona a Montenegro en Buenos Aires es la vida cultural. Con algún dinero en el bolsillo, la ciudad porteña era —parafraseando a la París de Hemingway— “una fiesta”. Los cafés en las aceras, las confiterías al paso, los lugares de la noche, los teatros y cines. Y las librerías, pasión de Montenegro, que le permitió armar una biblioteca con la que pensaba organizar en Bolivia una universidad popular al estilo de las de Gonzales Prada en Lima o Alejandro Korn en La Plata.

Argentina vivía un período políticamente gris: después del golpe militar de 1930, el régimen de gobierno se había estabilizado sobre la base de un fraude electoral que marginaba a las mayorías, identificadas hasta entonces con el radicalismo yrigoyenista. El departamento de los Montenegro en el centro de la ciudad se transformó en un aglutinador de artistas y escritores de gran valía: la declamadora boliviana Blanca Colorado los puso en contacto con intelectuales y periodistas, entre ellos los españoles que buscaban en Argentina refugio ante la Guerra Civil que se desarrollaba en su patria: Ramón Gómez de la Serna, Margarita Xirgu, entre otros. Alfonsina Storni recitaba sus poemas; los críticos Julio Rinaldi y Amado Alonso comentaban el teatro y la literatura, Enrique Anderson Imbert, Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges participaban de las tertulias. La presencia allí de uno de los más grandes latinoamericanistas debiera ser destacada: Pedro Henríquez Ureña aportaba su inconmovible fe en la posibilidad de construir la “utopía de América”.

Es difícil determinar cómo influyeron en Montenegro todas estas fuertes figuras del pensamiento y la cultura, y cuánto puede Montenegro haber aportado desde su propia erudición a esas discusiones; Yolanda Céspedes de Montenegro describe la paradójica situación en estos términos: “todos estos ilustres personajes demostraban por Carlos gran admiración y respeto, lo apreciaban por sus dotes de hombre culto, erudito, talentoso y humorista; en las conversaciones existía un alto nivel de cultura y gran conocimiento de los problemas mundiales. Muchas veces pensaba yo con tristeza: ¿por qué tenía en su propio país enemigos? Era marcada la diferencia del trato que le brindaban en el exterior; nunca conocí persona alguna que tuviera tantos y tan decididos amigos”. Por mucho que el testimonio pueda estar influido por un gran amor, nos da indicio de una característica de Montenegro de la que sobran referencias; su personalidad era magnética, de un enorme atractivo: el “fiero Montenegro” era muy fácilmente querible.

Buenos Aires era también una buena atalaya para observar los procesos sociales que conmovían al mundo en esos difíciles años de la década del 30. Incluso era más fácil enterarse allí de lo que sucedía en otros países americanos, pues el relativo liberalismo del régimen permitía que se refugiaran activistas de los movimientos nacionalistas populares que esperaban su turno para llegar al poder. Estaban los apristas peruanos; Montenegro se relacionó con Andrés Townsend, Hugo Otero La Torre, Jorge Álvarez y Manuel Seoane. Tejió amistad de por vida con Luis Alberto Sánchez, que con el tiempo escribiría notables páginas sobre él.

Según Abecia López, otras amistades significativas de Montenegro por aquellos años fueron las que trabó con el diplomático argentino, de militancia radical, Honorio Pueyrredón, con el historiador de la Reforma Universitaria Gabriel del Mazo, con el socialista y latinoamericanista Alfredo Palacios, con el educador e historiador Ricardo Rojas. Se trata de figuras de distintas extracciones políticas cuyo denominador común es la preocupación americana. Si hemos de llevarnos por el testimonio de Gonzalo Romero, una figura que lo impactó fue la de Lisandro de la Torre, que por entonces llevaba adelante en el Congreso argentino una campaña feroz contra los frigoríficos ingleses; según Romero, fue de una expresión de De la Torre que Montenegro sacó la idea de “un movimiento nacionalista revolucionario al que nadie atajará”.

Con todo, la relación que parece más significativa es la que estableció con Arturo Jauretche, uno de los dirigentes —junto a Raúl Scalabrini Ortiz— de FORJA (Fuerza Orientadora Radical para la Joven Argentina). Tal como coinciden todos los historiadores argentinos, FORJA tuvo un papel relevante en la elaboración de un pensamiento nacional argentino que terminaría por corporizarse unos años después en el peronismo. Lo interesante es que los “forjistas” eran también revisionistas históricos, y junto a otros ensayistas de esta tendencia habían comenzado a releer el pasado argentino de modo contracultural, una empresa que Montenegro estaba llevando adelante con respecto a Bolivia.

Por otra parte, el peronismo argentino y el MNR boliviano han quedado con justicia unidos bajo el nombre de “nacionalismos populares”.

En general, los revisionistas argentinos resaltaban a los caudillos populares y denostaban la versión canónica escrita en el siglo XIX por Bartolomé Mitre; vaciaban el panteón nacional de héroes como Rivadavia y Sarmiento (o el propio Mitre) y los reemplazaban por personajes como Juan Manuel de Rosas, en quien veían una continuación de un remoto pasado colonial supuestamente armónico e idílico. Lo que los “forjistas” vinieron a aportar era una perspectiva democrática y popular, donde los caudillos valían en razón de ser representantes de las masas y de formas de vida —y de organización económica— de los sectores populares.

Ésta era, precisamente, la perspectiva de Carlos Montenegro, que se haría explícita en su obra fundamental Nacionalismo y Coloniaje. Esta dicotomía entre nación y colonia estaba incipientemente esbozada por el revisionismo popular argentino, pero sólo llegaría a expresarse cabalmente y en obras de envergadura dos décadas después. De allí que no sea aventurado pensar que los diálogos que sostuvieron con Montenegro hayan sido decisivos en este sentido.

Montenegro se enteró en Buenos Aires de la muerte de Busch, ese “presidente joven” de valor proverbial que se dejó abrumar por las maquinaciones del poder. El presidente Quintanilla, que lo conocía y lo apreciaba personalmente, hizo un par de intentos de mantenerlo en Buenos Aires o en otros destinos diplomáticos. No le fue posible: Montenegro no se sentía ligado a él por el mismo tipo de relación que con Busch, y se empecinó en volver. Sobrevinieron para él años decisivos de lucha, que incluyeron la dirección del semanario Busch (Bolivia Unida sin Clases Humilladas), la edición de Nacionalismo y Coloniaje, y la creación del MNR. Contra sus deseos y sus sueños, Carlos Montenegro estaría de vuelta en Buenos Aires a los pocos años, ahora en condiciones mucho más difíciles.

Montenegro regresa a Bolivia a fines de 1939 y se suma de lleno a la lucha política; sin medios económicos, se ganará la subsistencia como redactor en la Cámara de Diputados a través del periodismo. Su acción es determinante para el desarrollo de la amplia campaña de esclarecimiento popular que llevan adelante tres órganos de prensa de orientación similar: La Calle, Busch e Inti. Por primera vez en la historia de la Bolivia moderna, las fuerzas populares podían disputar a las élites la interpretación de los sucesos, a la par que contribuían a la formación de una organización política propia. El régimen de Quintanilla prohijó una amplia coalición que apoyaría, en las elecciones de 1940, al general Peñaranda.

La “concordancia” de diversos sectores del pasado —liberales, conservadores, pseudosocialistas— tiene que haber recordado a Montenegro la “concordancia” de similares características que regía por entonces los destinos argentinos. La respuesta que protagónicamente promueve es la de unir a los restos de la Confederación Socialista Boliviana con otros sectores políticos fieles al “espíritu del Chaco”: así surge en 1941 el MNR, que se formalizaría en 1942. Montenegro mantendría, puertas adentro del MNR, la condición de ideólogo y organizador.

Las élites avizoraron rápidamente el peligro que constituía la nueva organización. Fracasado el intento de seducir a Montenegro y Céspedes, los grandes propietarios de minas —con colaboración internacional, donde no faltó el aporte del inefable Spruille Braden—, que años más tarde tendría un protagonismo especial en la política argentina, inventaron un fraude que tiempo después quedaría totalmente esclarecido: se fraguó un “putsch nazi” que sirvió para sacar del medio a los dirigentes nacionalistas. Por cuatro meses se los confinó en San Ignacio de Velasco, cerca de la frontera con el Brasil.

Montenegro no se amilanó: aprovechó la circunstancia para organizar al MNR en esa zona. Regresar a La Paz y ponerse a enfrentar al Gobierno fue una sola cosa; Montenegro tejió relaciones con los jóvenes oficiales de Radepa (Razón de Patria), escribió cien panfletos, redactó Nacionalismo y Coloniaje hasta que, en 1943, se produce la caída de Peñaranda. En función de esos antecedentes, resultó natural que Villarroel lo designara Ministro de Agricultura, con la vital consigna de llevar adelante la reforma agraria. No pudo ser: el veto del Departamento de Estado —que también alcanzaba a Augusto Céspedes— fue terminante, y los oficiales de Radepa no quisieron una confrontación abierta.

Montenegro partió entonces como embajador a México, donde a fines de 1944 presentó sus credenciales ante el presidente Ávila Camacho, sucesor de Lázaro Cárdenas.

Es seguro que Montenegro aprendió mucho en su paso por la capital azteca —entonces enriquecida por un nutrido grupo de intelectuales españoles en el exilio—, aunque también debiera remarcarse lo que aportó: no sólo enfrentó la campaña que quería hacer del Gobierno boliviano un exponente americano del fascismo, sino que logró que una importante cantidad de intelectuales y periodistas se transformaran en defensores del Gobierno de Villarroel. La prensa llegó a llamarlo “embajador de Latinoamérica”, en un contexto diplomático en el que no faltaban figuras brillantes como el embajador de Guatemala, Miguel Ángel Asturias. Participó de la Conferencia de Chapultepec, donde se explicitó su idea de que la revolución boliviana de 1943 era “hija primogénita de la revolución mexicana”.

Tuvo también una destacada actuación en la III Conferencia Interamericana de Trabajo, donde introdujo una innovación legal —ya implementada en el Código Laboral boliviano de su inspiración— que sería conocida como “fuero sindical”, por la que se protegía la estabilidad de los dirigentes sindicales. Pero Montenegro quería volver, pues no estaba satisfecho como se desarrollaban los acontecimientos políticos en su patria y otra vez no pudo ser: el asesinato de Villarroel y sus colaboradores acabó con esta etapa del nacionalismo boliviano.

A Montenegro le ofrecieron distintas posibilidades para quedarse en México, pero eligió regresar a la Argentina; según su viuda, le dijo entonces: “Allá tenemos buenos amigos, también será más fácil encontrar trabajo, podremos ver de vez en cuando a nuestras familias y la mayoría de los exiliados estarán allá”.

Esto era cierto; el Gobierno peronista había resuelto abrir las puertas de la embajada argentina en La Paz a todos los que quisieran asilarse, pese a que por la radio golpista se repetía: “No permitan a los movimientistas asilarse en las embajadas, deben morir en el sitio en que se los encuentre”. Perón ordenó incluso que, a medida que los asilados fueran logrando salir y llegar a Argentina, se les otorgaran cédulas de identidad para que pudieran residir y trabajar libremente. Por otra parte —y para la mirada distante de la gran historia—, el peronismo argentino y el MNR boliviano han quedado con justicia unidos bajo el nombre de “nacionalismos populares”, lo que puede llevar a una mirada simplificadora de las formas en que vivieron esta relación sus protagonistas. Procuraremos adentrarnos un poco en la historia íntima, que suele revelarnos hechos y actitudes que evidencian que ese tipo de movimientos —de tendencia totalizante por su buscada identificación con toda la nación— contenían diferencias internas, y no todas sus posturas estaban determinadas por la decisión de sus líderes.

Cuando cae Villarroel, Perón acababa de ascender legalmente al poder, por mucho que desde 1943 ejerciera un papel de mentor ideológico en el grupo militar que había desplazado al viejo régimen “concordancista”. La neutralidad mantenida hasta los últimos días de la Segunda Guerra Mundial le había valido un fuerte aislamiento en una América donde el Departamento de Estado, después de Pearl Harbor, presionaba a favor de una declaración continental de guerra al Eje. Por cierto, tanto en los orígenes del peronismo como en los del MNR encontramos figuras muy menores de convicción fascista; esta desviación del nacionalismo estaba en los tiempos y se fundaba, sobre todo, en la inocente convicción de que “los enemigos de nuestros enemigos son nuestros amigos”.

Pero tanto Perón como Paz Estenssoro eran políticos pragmáticos y, aunque fuera por simple cálculo, comprendían que asociarse a los declinantes movimientos totalitarios europeos era un suicidio político. Sin embargo, la propaganda americana y los partidos comunistas latinoamericanos seguían dividiendo al mundo en “nazis” y “antinazis”, incluso después de la rendición de Alemania. Antes de que Perón fuera acusado de ser simpatizante del Eje, Villarroel había cargado con ese sambenito; es razonable suponer que Perón no quisiera que esa relación se fortaleciera, y por ello procuró mantener una relación equidistante ante los sucesos bolivianos de 1946 (más allá del comentado asilo).

Eso no implicaba que dos de sus más prestigiosos ministros, Ramón Carrillo (Salud) y Miguel Miranda (Economía), ayudaran de muchas formas a los bolivianos exiliados; para la mayoría de los jóvenes militantes anónimos del MNR en Buenos Aires, estas ayudas no implicaron disminuir las durezas del exilio, pero les permitió contar con un apoyo para encaminar sus vidas y continuar con su lucha política.

Montenegro tenía la ventaja de su oficio periodístico, que ejerció a destajo: algunos testigos recuerdan que debía cubrir sus dedos con tela adhesiva para que soportaran las inagotables jornadas de teclear en aquellas viejas máquinas de escribir. Es imposible reconstruir toda su obra de aquellos años, pues a veces escribía con seudónimos —“crónicas rojas” para revistas sensacionalistas—, en forma anónima los cientos de panfletos del MNR, artículos que aparecieron con la firma de Paz Estenssoro y, según versiones, hasta algún discurso de Perón y un famoso libro de Eva Perón (La razón de mi vida, que ha sido atribuido a 10 autores diferentes y que Ramón Rocha sostiene que salió de su pluma).

Las peores dificultades pecuniarias de Montenegro comenzaron a disiparse cuando conoció a Helvio Botana, miembro de la familia propietaria del popular diario Crítica, quien describe así la relación: “Fui subyugado intelectualmente por Montenegro desde el momento en que lo conocí, a fines del año 1946.

Durante cinco o seis años fui su peón, su edecán, pero de cualquier forma regido por él... mi verdadero oficio fue el de ser una agencia de colocaciones para todo desterrado boliviano, y un bastante eficaz recaudador de fondos para el MNR- Montenegro”. Con ese apoyo, Montenegro pudo poner en marcha una revista que tenía en mente ya en México, S.E.A. Síntesis Económica Americana.

La calidad de la información y la redacción de la revista S.E.A. era admirable. El número 1 salió en enero de 1948; la dirección editorial era la del pequeño departamento de Montenegro en el Barrio Norte de Buenos Aires; la intención, la de establecer “un rumbo cierto bajo la Cruz del Sur”, y la de ser “fiel expresión de la realidad económica del Continente”. Estas consignas, repetidas en el encabezamiento de cada número, iban acompañadas por esta cita de Túpac Amaru: “Vivamos como hermanos y congregados en un solo cuerpo los indios, los mestizos y los criollos paisanos, a quienes nunca ha sido mi intención que se les siga ningún perjuicio”. En cada número mensual hay datos sobre los distintos países americanos y sobre el curso de la economía mundial, una nota central sobre alguna nación americana, una permanente señalización de responsables de nuestro atraso —los grandes monopolios y nuestro mutuo desconocimiento— y abundantes informes sobre los cambios introducidos por el Gobierno argentino: la nacionalización de los medios de transporte y comunicación, industrias básicas, bancos, seguros y servicios públicos, sobre legislación social y de fomento industrial. La política de los EEUU es cuestionada, pero no de un modo abstracto: Montenegro plantea que América Latina también necesita un Plan Marshall, y que el Consejo Interamericano Económico-Social es inoperante.

Ya en el número 2 es perceptible que S.E.A., pese a defender genéricamente la nueva política peronista, destaca a ciertas figuras como la del ministro de Economía Miguel Miranda y la actitud “tercerista” que se lleva a cabo en el ámbito de las relaciones exteriores, expresada entonces por el canciller argentino Juan Bramuglia, plasmado en el convenio celebrado con Chile y el acercamiento a Brasil, antecedentes de la política del nuevo A.B.C. que Perón lanzaría en los años 50. El tema central es el de la nacionalización de los ferrocarriles, que es puesto como ejemplo para toda América y que se justifica por la función distorsionante que había cumplido hasta entonces: servir exclusivamente a los sectores exportadores ligados al capital extranjero. Esta perspectiva permite a Montenegro exaltar la figura de Scalabrini Ortiz, quien desde hacía 10 años venía bregando por la nacionalización y a quien por entonces se mantenía casi en las sombras. Montenegro le envía una conceptuosa carta personal —citada por Norberto Galasso en su biografía de Scalabrini— a su preciado y admirado amigo: “Me afecta como a hombre de Latinoamérica por su valor esencial, por su valor emblemático de verdadero fasto confirmativo de una idea valiente y de una aspiración. Y por su valor inicial en todo este continente agarrotado e inmovilizado —es paradójico— por las vías férreas como por cuerdas de acero. Esos valores, amigo Scalabrini, los vislumbró usted, los reveló usted, dándoles el aliento viviente con que se infundieron y animaron luego en su pueblo y en los grandes argentinos prístinamente. El hecho histórico es, amigo mío, inseparable de su nombre”.

Es imposible reproducir aquí los siempre interesantes contenidos de S.E.A.; cada nacionalización argentina es festejada, se destaca un discurso de Perón donde éste sostiene que “la defensa de la independencia de los pueblos americanos es la defensa de la independencia argentina” y que “la América Latina debe formar una unidad de intereses económicos para beneficio propio y para beneficio del mundo”. Se plantea la oposición a las presiones de la política de posguerra norteamericana por cuanto, según declaraciones de Harriman, sólo habrá inversiones en nuestros países si se mantienen privilegios y ventajas preexistentes. Bolivia y su situación siempre está presente a través de artículos especiales. Montenegro plantea su ideal: que Bolivia salga de su estado semicolonial con apoyo del nuevo régimen argentino, sin apelar a empréstitos externos.

Hay un sostén explícito a la gestión del “forjista” Arturo Jauretche al frente del Banco de la Provincia de Buenos Aires y la declaración, no exenta de justificado orgullo, de que “su difusión continental (la de S.E.A.) es mayor que la de cualquier otra publicación americana de su género”. Incluso mejora mucho el formato y comienza a ser distribuido en kioscos y librerías; cuenta con corresponsales en distintas ciudades de Bolivia, Brasil, Colombia, Cuba, Chile, Ecuador, EEUU, Guatemala, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela: Montenegro ha puesto en acción su vasta red de amigos.

Indudablemente, para comienzos de 1949 Montenegro había conseguido importantes relaciones dentro del peronismo, que se reflejan en publicidades de entes oficiales. Según su viuda, un papel clave en estos avances lo jugó el general Oscar Uriondo, que se desempeñaba en tareas de inteligencia, era muy cercano a Perón y se había integrado al “club de admiradores de Montenegro”. Esta cómoda situación se disipa bruscamente en 1949 con el intento de ocupar la ciudad de Villazón avanzando desde la frontera argentina, una idea extrema de exilados que terminaría en un rotundo fracaso. El Gobierno boliviano protesta, y una corriente de opinión latinoamericana cree que hay complicidad peronista; Salvador Allende, por caso, declararía: “¿acaso a través de Camiri cierto sector del Gobierno argentino no ayudará a los facciosos? Yo sostengo que sí...”. Puede que algún funcionario menor simpatizara con la patriada, pero es seguro que Perón no tuvo nada que ver. El motivo es simple: no simpatizaba con actitudes políticas de ese orden, no propició nunca la injerencia en los asuntos internos de los países limítrofes, quería mantener una buena relación con el Gobierno de Bolivia y, por acciones del embajador boliviano en Argentina, había comenzado a distanciarse de Paz Estenssoro. El general Perón, pese a su famosa astucia había caído bajo el influjo del embajador boliviano de entonces, Gabriel Gosálvez. Gosálvez (secretario de la Presidencia del gobierno de Busch y adversario de Montenegro) se proclama peronista y candidato “fijo” a la presidencia de su país, para lo cual decía contar con el apoyo de algunos sectores disidentes del MNR y de parte del Gobierno argentino.

La aventura de Villazón determinó una persecución sobre los “movimientistas” asilados en Buenos Aires. Paz Estenssoro y algunos otros fueron expulsados —a Uruguay— y al resto se les fijaron confinamientos alejados de la capital argentina. Montenegro resistió y amenazó con asilarse en la Embajada de México, llamó al Jefe de Policía (su amigo Filomeno Velazco) y logró quedar bajo arresto domiciliario. La persecución no duró mucho, pero lo puso en estrecheces económicas y debió multiplicar sus colaboraciones periodísticas para sobrevivir. Lo curioso es que, pese a todos estos inconvenientes, Montenegro pasó a escribir para Democracia, un periódico oficialista donde —bajo el seudónimo de “Descartes” — escribía diariamente el mismo Perón y un joven descollante de la nueva izquierda, Jorge Abelardo Ramos lo hacía con el seudónimo de Víctor Almagro. Cuando el tradicional diario porteño La Prensa fue expropiado y puesto en manos de los trabajadores, por orden de la Casa Rosada tanto Montenegro como Augusto Céspedes integraron el cuerpo de editorialistas permanentes. Esto demuestra la estrecha relación que Montenegro, y también Céspedes, mantenían con el Gobierno peronista y la influencia doctrinaria que ejercieron. Las brumas en la relación terminaron de disiparse cuando las elecciones bolivianas de 1951, en las que el MNR derrotó a la candidatura continuista de Gabriel Gosálvez; Perón, un pragmático, esa misma noche invitó a cenar a los “movimientistas”.

La “producción argentina” de Montenegro en esos años contiene trabajos de gran trascendencia, como Las inversiones extranjeras en América Latina (con varias ediciones en Buenos Aires, destacándose la de Editorial Coyoacan dirigida por Jorge Abelardo Ramos) o un famoso opúsculo sobre Spruille Braden donde literalmente deshizo la figura de ese encarnizado enemigo de la nación latinoamericana, señalando cómo había dejado por todo el continente las huellas de un espíritu colonialista que enturbió las relaciones entre el Norte y el Sur del continente. Entre los gestos que sus biógrafos resaltan, está la permanente preocupación por la suerte de los demás asilados, los constantes préstamos de lo poco que tenía, la ingeniosidad para continuar la lucha a la distancia: ideó un sistema originalísimo por el cual encargaba misas en Bolivia “por el alma de los obreros muertos inconfesos en las minas de Catavi y Siglo XX” o “porque el señor Patiño no viva lujuriosamente en París haciendo peligrar su alma”, con lo que subrepticiamente enviaba mensajes de memoria y resistencia a sus compatriotas. Para la anécdota queda el hecho de que fuera él quien tomara en Buenos Aires juramento como “movimientista” a un joven boliviano: Gonzalo Sánchez de Lozada.

Las complejidades de la relación personal de Montenegro con el peronismo no debieran ocultar su vasta influencia intelectual: cuando los viejos pensadores del nacionalismo popular argentino como Scalabrini o Jauretche se vieron eclipsados por los mediocres y obsecuentes que oscurecieron el régimen peronista, Montenegro hizo de nexo con nuevas generaciones de intelectuales provenientes de la izquierda que por entonces se “nacionalizaron”. La fiel memoria de Yolanda Céspedes de Montenegro nos habla de tres casos altamente representativos. El primero de ellos es el de Rodolfo Puiggrós, el más brillante de los jóvenes comunistas, que a su influjo rompió con la tendencia estalinista y encabezó una escisión que apoyaría al peronismo. Lo mismo sucedió con Jorge Abelardo Ramos, quien abandonaría su posición de trotskista ortodoxo y fundaría la izquierda nacional argentina (y citaría abundantemente a Montenegro en sus trabajos históricos); finalmente, Alexis Latendorff, que saldría del socialismo tradicional para fundar el Partido Socialista Argentino de Vanguardia y que en su libro Nuestra América Difícil sostiene que Perón leyó como propio un discurso sobre la unidad latinoamericana escrito por Montenegro.

Una investigación más exhaustiva demostraría que estos casos son apenas ejemplos acerca de cómo Montenegro, que en su primera estadía argentina había confirmado sus intuiciones sobre la importancia de lo nacional para el destino americano, durante la segunda se transformó en un relevante nexo generacional: fue capaz de encender el entusiasmo de los mejores jóvenes argentinos por un pensamiento que ligara la necesidad de la independencia nacional americana con el imperativo de la formación de sociedades más justas e integradas. Son metas que aún están en la orden del día en Nuestra América, y que cuando se concreten serán el mejor homenaje a ese incansable luchador e intelectual latinoamericanista que fue Carlos Montenegro.

Para la anécdota queda el hecho de que fuera él quien tomara en Buenos Aires juramento como “movimientista” a un joven boliviano: Gonzalo Sánchez de Lozada.





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